Documento sin título
Matanza en Huitzilac
REGRESAR A LA PAGINA PRINCIPAL
IR A LA BIOGRAFÍA

BIBLIOGRAFIA

 

El General Serrano, durante la rebelión delahuertista, ayudo a eliminar a cuanto general del prestigio avía en el país como Salvador Alvarado, Rafael Buelna, Juan Carrasco, Manuel M. Dieguez y muchos otros que oponían a Albaro Obregón. Obregón presiono al presidente Plutarco Elías Calles para que se reformaran los artículos 82 y 83 de la constitución politica de los estados unidos mexicanos, que permitieran la reelección sexenio de por medio. El general Serrano lanzo un manifiesto a la nacion rechazando tal maniobra atentatoria a los ideales mas puros de la rebelión mexicana (sufragio efectivo. No reelección), y lanzo su candidatura a la precidencia de la republica, imitando al general Arnulfo R. Gómez, postulado por el partido antireeleccionista. El general Gómez fue fusilado en Teocelo, Veracruz, por su compadre José Gonzalo Escobar.

El general Serrano, al preparar el cuartelazo en Cuernavaca contra el gobierno, pretendía erigir en presidente provisional al general Carlos A. Vidal; luego, tras las elecciones, asumiera la precidencia de la republica.

El ingeniero Marte R. Gómez confeso en una carta a don Jesús Silvia Herzog: por eso cuando el general Calles le ordeno al general Claudio Fox, a quien el mismo avía seleccionado para que mandara la escolta y trajera a la capital a los presos, el general Obregón, que estaba junto a el, pronuncio unas palabras que el licenciado Emilio Portes Gil y yo oímos ( porque éramos muy pocos los que ahí estábamos ) y que se quedaron grabadas indeleblemente en mi memoria: “no, Plutarco, con tu permiso, pero las cosas no se hacen así; hay que hacer un escarmiento doloroso, derramando sangre que ahorre vidas; Serrano y sus acompañantes deben de ser fusilados inmediatamente”. Serrano, junto con las altos jefes militares, fue apresado en Cuernavaca durante una fiesta que se le ofrecía por la víspera de su anomastico; fue apresado por el general Enrique Díaz que lo puso a disposición del general Claudio Fox.

Fox prometió a los detenidos que serian llevados a la cuidad de México para instruírseles jucio militar por insurrección. Poso antes, Serrano, en Puebla, havia pronunciado un violento discurso contra Obregón, que pretendía reelegirse como presidente de la republica después de que fue justamente la no reelección una de las banderas de la revolución mexicana, que causo la muerte de mas de un millon de mexicanos.

Tal discurso según los enterados, fue su sentencia de muerte. El general se paseaba nervioso, caminaba impaciente en uno de los salones del hotel Bella vista esperando noticias de la ciudad de México. Se detenía por momentos, sólo para darle un sorbo a la copa de coñac, pero en su rostro asomaba la preocupación. Sobre Cuernavaca había caído la noche del 2 de octubre de 1927.

En las semanas previas, el candidato a la presidencia Francisco R. Serrano decidió cambiar los votos por las balas. En los últimos meses había logrado disfrazar su ambición enarbolando la bandera del antirreeleccionismo en contra del candidato oficial, su antiguo jefe y viejo amigo, el general Álvaro Obregón quien, de 1920 a 1924, le había tomado tal gusto a la silla presidencial que se empecinó en regresar a Palacio Nacional a como diera lugar.

Muy respetuosos de la ley, los diputados obregonistas le abrieron la puerta al invicto general, modificando la Constitución y suprimiendo el principio de la no reelección para permitir su regreso al poder –el cual había dado origen a la revolución de 1910-. Serrano sabía que el candidato oficial, Obregón, contaba con el apoyo de todo el aparato del estado revolucionario, encabezado entonces, por el presidente Plutarco Elías Calles. Sabía también, que no había manera de ganar en las urnas. Sólo quedaba el camino de las armas.

En junio de 1927, Obregón lanza un largo manifiesto a la Nación, en el cual explica por qué sale de su retiro: la reacción acecha y se disfraza para entrar a las luchas cívicas, tomar el poder y destruir la obra revolucionaria; su retorno a la política "destruye una de las más grandes ilusiones de mi vida". En respuesta, el Partido Nacional Antireeleccionista se reorganiza y proclama como su candidato al general Arnulfo R. Gómez. Por su parte, el general Francisco R. Serrano renuncia a su cargo de gobernador del Distrito Federal para buscar también la presidencia de la República.

Se inician las campañas electorales a partir de julio de 1927. Ante la fuerza de Obregón, serranistas y gomistas entablan negociaciones para formar un frente único antirreeleccionista y son acusados de promover una sublevación que encabeza el general Almada para aprehender a Calles y a Obregón.

A finales de septiembre de 1927, dos dedos de frente bastaban para saber que la campaña electoral sería interrumpida por un baño de sangre. Serrano había encontrado un aliado en otro aspirante a la presidencia, el general Arnulfo R. Gómez, cuyo discurso en contra de Obregón se reducía a la frase: “Para mi rival sólo hay dos alternativas o las islas Marías o dos metros bajo tierra”.

Como buenos revolucionarios, Serrano y Gómez pensaron que el camino más corto para llegar al poder era por medio de las armas y decidieron abandonar el de las instituciones. El plan era sencillo. El 2 de octubre, Obregón, Calles y Amaro presidirían una serie de maniobras militares en los llanos de Balbuena. En el transcurso de la exhibición, la guarnición de la ciudad de México tenía la orden de aprehender a los tres caudillos. Consumado el golpe, se designaría un presidente interino para convocar a elecciones y listo.

Confiado en que todo saldría de acuerdo con lo planeado, Gómez marchó a Veracruz. Si fracasaba el movimiento en la ciudad de México, tenía la posibilidad de movilizar rápidamente varios miles de hombres. Serrano por su parte, informó a la prensa que viajaba a Cuernavaca con la intención de festejar su santo anticipadamente. Si el golpe resultaba exitoso, la celebración de San Francisco sería magna.

Obregón y Calles estaban acostumbrados a “madrugar”, no a que los “madrugaran”. Como buenos revolucionarios, ambos sonorenses suponían lo que sus opositores preparaban. La intentona golpista era ya, un secreto a voces, en la capital del país. Así, el 2 de octubre, Amaro se movió con rapidez, puso mil hombres a custodiar el Castillo de Chapultepec -donde se encontraban el presidente Calles y el candidato Obregón- y desarticuló el movimiento golpista en la ciudad de México.

Las maniobras militares en Balbuena se llevaron a cabo en medio de un ambiente, incluso, festivo y al terminar, Calles, Obregón y Amaro, regresaron al Castillo para decidir la suerte que debían correr sus adversarios.

La noche del 2 de octubre, el general Serrano se paseaba nervioso en uno de los salones del hotel Bellavista. Esperaba noticias halagüeñas de la ciudad de México, pero en su fuero interno sabía que su destino se precipitaba hacia el vacío.

Cerca del mediodía, Fox se presentó en el castillo y recibió la orden por escrito: “Sírvase marchar inmediatamente a Cuernavaca acompañado de una escolta de 50 hombres para recibir… a los rebeldes Francisco R. Serrano y personas que lo acompañan, quienes deberán ser pasados por las armas sobre el propio camino a esta capital por el delito de rebelión contra el gobierno constitucional de la república”. La orden estaba firmada por el presidente Plutarco Elías Calles y llevaba la bendición de Álvaro Obregón.

Serrano quiso creer que su vieja amistad y la lealtad de otros tiempos hacia el caudillo, serían suficientes para ayudarlo a sortear el trance mortal en que se hallaba pero conforme transcurrieron las horas se dio cuenta que había cruzado el punto sin retorno. A Cuernavaca llegaron las órdenes de trasladar a los prisioneros a Tres Marías donde debían ser entregados al general Claudio Fox. La carretera fue cerrada entre el poblado de Tres Marías y Huitzilac.

En la carretera de Cuernavaca a México fueron bajados de los automóviles en el lugar conocido como Huitzilac, amarrados con alambre eléctrico un metro para cada uno.

Al cabo de unos minutos, las muñecas de los catorce detenidos comenzaron a sangrar.

Entre gritos y protestas, cada prisionero fue puesto bajo la custodia de tres soldados. Serrano le reclamó airadamente al coronel Hilario Marroquín --un siniestro oficial a quien no le temblaba la mano-- el trato que le estaban dando a sus compañeros. Como única respuesta obtuvo un brutal golpe en el rostro con la cacha de una pistola.

El general Claudio Fox, aún más siniestro que su lugarteniente, observaba complacido a unos metros de distancia. Sobre Huitzilac caía la tarde del 3 de octubre de 1927.

Varios de los prisioneros pidieron clemencia o cuando menos unos minutos para escribir algunas líneas a sus familias, a sus esposas o hijos. El general Fox se alejó de la escena dejando a cargo de las ejecuciones al coronel Marroquín, que con una pistola en una de las manos y una ametralladora Thompson en la otra, profería toda clase de insultos.

Serrano volvió a increparlo y Marroquín le disparó a quemarropa en el pecho. A pesar de las heridas mortales, el general mostró una fortaleza inaudita y permaneció de pie observando fijamente a Marroquín quien volvió a dispararle. Una vez en el suelo pateó su rostro, antes de darle el tiro de gracia. Aprovechando la confusión, el ayudante de Serrano, Noriega Méndez, logró zafarse del cable que lo ataba y se lanzó sobre Marroquín para abofetearlo y escupirle. El coronel le disparó con la pistola y la ametralladora.

Al ver la dramática escena, el resto de los prisioneros intentaron darse a la fuga. Algunos fueron cazados como animales; otros permanecieron estoicamente en su lugar en espera de la muerte. Las balas expansivas atravesaban los cuerpos, los tiros de gracia sacudían por última vez los cadáveres, las bayonetas atravesaban todo lo que encontraban a su paso, haciendo correr la sangre a unos metros de la carretera federal. Junto a Serrano murieron el general Carlos A. Vidal, general A. Peralta ( que siendo diputado general asesinó al general sinaloense Juan M. Banderas en una pastelería de la calle de Bucabeli de la ciudad de México en febrero de 1918 ), general Carlos Ariaiza Pineda, mayor Octavio R. Almada, Capitan Augusto Peña, Capitan Ernesto Noriega Mendez; Licenciado Rafael Martínez Escobar, licenciado Otilio González, Enrique Monteverde, hijo; Antonio J. Jáuregui. Como buenos revolucionarios, una vez cumplida su misión, los asesinos tomaron su tiempo para saquear los cadáveres. Antes de llevarlos al Hospital Militar, los cuerpos fueron trasladados al Castillo de Chapultepec. Se dice que Obregón vio uno por uno y señaló: “a esta rebelión ya se la llevó la chingada” y cuando se detuvo frente al cadáver de Serrano, dijo: “Pobre Panchito, mira cómo te dejaron”.

REGRESAR A LA PÁGINA PRINCIPAL

IR A LA BIOGRAFÍA

 

 

 

Fotografia del general

Fransisco R.Serrano

con una notable fractura

en la mandibula